El otro día estuvimos grabando un capítulo en la cabaña de Nabil y se planteó una pregunta que quería subir en mi instagram para que me dierais vuestra opinión porque me pareció curioso.
Yo vi esta pregunta o vi esta manera de pensar, este razonamiento no era relacionado con el mundo del fitness. Era de un libro relacionado con el tema de las inversiones; un tío que es el gestor de un Oaktree Capital Management (Fondo Oaktree), que decía que un buen gestor de fondos sea aquel que:
- O consigue unos rendimientos muy buenos pero a base de una volatilidad o de un riesgo muy grande, no solo volatilidad sino un riesgo en general muy grande haciendo inversiones muy arriesgadas y tal.
- O, aquel que a lo mejor consigue algo más modesto pero con una fiabilidad y con una volatilidad y con un riesgo mucho menor
Esto me dio que pensar para el tema de los preparadores..
Aquí les dejo mis reflexiones sobre la gestión del riesgo y la ética en la preparación culturista de alto rendimiento, porque en el culturismo actual, al igual que en la alta competición, existe una línea muy fina y peligrosa entre la genialidad y la irresponsabilidad.
Como preparadores y asesores deportivos, nos enfrentamos constantemente a un dilema que pocos se atreven a debatir con honestidad: ¿Qué define a un buen preparador? ¿Aquel que asume riesgos extremos, exprime la química, lleva al límite las calorías y juega a la ruleta rusa con la salud del atleta para conseguir un físico estelar y volátil; o aquel que traza un camino más conservador, metódico y seguro, obteniendo resultados quizá más modestos pero carentes de riesgo?.
Desde mi perspectiva, habiendo vivido el culturismo desde las entrañas como atleta, formado académicamente en las Ciencias del Deporte y analizando la realidad del sector, la respuesta no debería depender de los trofeos que brillen en una estantería, sino de las consecuencias que quedan cuando se apagan los focos del escenario.
La ilusión de la volatilidad: El «vendehumos» del riesgo
El preparador volátil es aquel que vive del destello. Utiliza a sus atletas como conejillos de indias en pro de una puesta a punto milagrosa, aplicando dosis desmedidas de farmacología, déficits calóricos demenciales y metodologías de entrenamiento cercanas al delirio sistémico.
¿Cuál es el resultado?. A veces, un físico descomunal que gana un campeonato regional o destaca efímeramente en redes sociales. Pero es un castillo de naipes.
Esa volatilidad significa que el atleta no tarda en reventar: perfiles lipídicos destrozados, daño hepático y renal silencioso, rebotes metabólicos brutales y, en el peor de los casos, retiradas anticipadas por problemas de salud crónicos.
Este tipo de asesor no busca construir atletas; busca construir su propio escaparate publicitario a costa de la integridad física y mental de quien confía en él. Es la ley del atajo, donde el riesgo lo ASUME íntegramente el deportista, mientras que el aplauso se lo apunta el preparador.
El valor de la consistencia: El preparador artesano
En el extremo opuesto se encuentra el enfoque conservador, el cual muchos tachan erróneamente de «mediocre» o «poco ambicioso» en la era del postureo digital. Sin embargo, bajo mi punto de vista, el verdadero profesional de la asesoría deportiva es aquel que entiende de fisiología, salud y longevidad.
Un resultado «modesto» dentro de una preparación inteligente no es un fracaso; es el reflejo de respetar los techos biológicos del cuerpo humano, la respuesta hormonal individual y la homeostasis.
Este preparador prioriza:
- Una ganancia de masa muscular limpia y progresiva.
- Una gestión adecuada de la fatiga central y periférica.
- Analíticas sanguíneas cuidadas y un estado de salud general lo mejor posible.
Puede que este atleta no gane el Campeonato Regional o Nacional en un año, pero seguirá entrenando con pasión dentro de una década, conservará su salud cardiovascular y metabolizará los alimentos sin depender de fármacos correctores constantes.
Conclusión: ¿Dónde trazamos la línea?
El culturismo de competición de alto nivel implica, por definición, asumir ciertos riesgos; negarlo es vivir engañados. Sin embargo, una cosa es gestionar el riesgo de manera inteligente y otra muy distinta especular con la vida ajena por pura vanidad profesional.
Como preparadores, nuestra obligación ética no es estirar la goma hasta que rompa, sino saber exactamente cuánta tensión soporta sin fracturarse. Al final del día, el mejor resultado no es el que te sube a lo más alto destrozado, sino el que te permite seguir disfrutando de este deporte mañana.